✝Todas las Oraciones – Oración

✝Por la mañana escucharás mi voz; por la mañana te expongo mi causa y me quedo aguardando». Con estas palabras, el salmo 5 se presenta como una oración de la mañana y, por tanto, se sitúa muy bien en la liturgia de las Laudes, el canto de los fieles al inicio de la jornada. Sin embargo, el tono de fondo de esta súplica está marcado por la tensión y el ansia ante los peligros y las amarguras inminentes. Pero no pierde la confianza en Dios, que siempre está dispuesto a sostener a sus fieles para que no tropiecen en el camino de la vida.

«Nadie, salvo la Iglesia, posee esa confianza» (san Jerónimo, Tractatus LIX in psalmos, 5, 27: PL 26, 829). Y san Agustín, refiriéndose al título que se halla al inicio del salmo, un título que en su versión latina reza: «Para aquella que recibe la herencia», explica: «Se trata, por consiguiente, de la Iglesia, que recibe en herencia la vida eterna por medio de nuestro Señor Jesucristo, de modo que posee a Dios mismo, se adhiere a él, y encuentra en él su felicidad, de acuerdo con lo que está escrito: «Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra» (Mt 5, 4)» Enarrationes in Psalmos, 5: CCL 38, 1, 2-3).

Como acontece a menudo en los salmos de súplica dirigidos al Señor para que libre a los fieles del mal, son tres los personajes que entran en escena en este salmo. El primero es Dios (v. 2-7), el Tú por excelencia del salmo, al que el orante se dirige con confianza. Frente a las pesadillas de una jornada dura y tal vez peligrosa, destaca una certeza. El Señor es un Dios coherente, riguroso en lo que respecta a la injusticia y ajeno a cualquier componenda con el mal: «Tú no eres un Dios que ame la maldad» (v. 5)

Una larga lista de personas malas -el malvado, el arrogante, el malhechor, el mentiroso, el sanguinario y el traicionero- desfila ante la mirada del Señor. Él es el Dios santo y justo, y está siempre de parte de quienes siguen los caminos de la verdad y del amor, mientras que se opone a quienes escogen «los senderos que llevan al reino de las sombras» (cf. Pr 2, 18). Por eso el fiel no se siente solo y abandonado al afrontar la ciudad, penetrando en la sociedad y en el torbellino de las vicisitudes diarias.

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